miércoles, 7 de julio de 2010

JUANIIILLLOOOO TIITAANIICCOOOO


La historia de Juaniillo tiiene bastante que contar. Bueno, en los toboganes del hotel no te esperas más que pasarlo muuyyy biien, pero te encuentras, con que Móniica ya conocíìa a Juanniiilloo. La "Bacilatodo" la llamaba, o también la "Bacilahastalaspiedras". Ayys Juaniillooo ;).


Mónica una tarde tuvo que irse, así que a Juaniillo y a mí nos tocó pasarla solosss :( En fiin que se le va a hacer. Pero yo no me esperaba una sorpresaaa: Taraaa!!! Viciiado a Titaniccc.


Sabía todo del Titaniccc: el orden de los oficiiales, datos sobre el cuadro de Monet, la velocidad del barco, ... MENUDOOO VIICIIADOOO!!!!! JUANILLO ERES EL MEJORRR!!!!!


Hasta nos inventamos una ley con Juaniillo: "La ley de Juanillo, siempre va el más chiquillo".

Y hasta una canción: "Illo illo illo, Juanillo es el chiquillo" que bueno es como la de Villa, pero buenoo ;)

JUANILLO TEEQUIIIERRRO (San Lorenzo del Escorial)

lunes, 5 de julio de 2010

VACACIIONES EN PLAYA BALLENAAA (ROTAA)

VACACIONESSSS PLAYA BALLENAAA (ROTAA)

Monica: también conocida como Moni- ka ;) la loka del barriooo.

Canija: Ayysss, Claudiaaa, que pequeñajaaa.

Juanilloooo: El niño pijo de la cuadrilla, de San Lorenazo tenías que serrr.

Juanma: El niño de Punta Umbría. Que chistesss, illo...

Arvaro: El Alvaro más sevillano de todos. El diccionario femenino. Todo lo sabe de las niñasss.

Pasemos ahora a los personajes secundariosss:

Jose Antonioooo: Socorristaaa, en fin, ¿que no se puede decir de Jose?

Vago: El Yago de Valladolid, jeje, ¿mónica te acuerdas?

Pelavo: Pelayo arbitro de los partidos de volley en el aguaaa.

María: La voz más chiki de todasss.

lunes, 21 de junio de 2010

Piezas VS Kid Masta-Madrid Oficial[losmejoresimprovisan.com]

Ahí estamos con el Piezas, que es el mejoooorrr, pero claro el Kid Masta también lo vale.

viernes, 11 de junio de 2010

Colección

De muy pequeña sentí un gran vacío en mi interior que no me dejaba vivir. Era algo que deprimía a cualquiera, incluso a mi madre. Por eso, cuando llegó el de diciembre, mi madre me dio algo que me animaría. Una muñeca de ballet. No era gran cosa, era una simple muñeca. ¿Qué podía hacer una muñeca?
Destacaba por su tutú rosa, su elegante figura y sobre todo, por su piel de porcelana.
Mi madre me tenía terminantemente prohibido jugar con ella, por el miedo a que se rompiera, pero cuando nadie me veía jugaba con ella. Me encantaba la cuidaba día y noche. Siempre que acababa de jugar con ella la dejaba en la mejor estantería de mi habitación. Allí, ella aguardaba una nueva actuación de ballet en un pequeño mundo.
Estuve tan aficionada a las muñecas de ballet, que llegué a crear mi propia colección. Una tenía un tutú morado, azul, ...
Pero a la que más apreciaba era a la primera que tuve, pero todo acabó el día más inesperado.
Un día, salté de la emoción y mi pequeña amiga cayó al suelo desde la estantería sin más remisión que romperse en mil cachos.
Pero aunque no estuviera físicamente, ella seguiría estando en mi corazón. Incluso ahora con 25 años...

Solo

Y sentir la necesidad de contarlo. Y sentir ganas de volar. Y sentir los cuatro vientos y los siete mares a tu alrededor.
Pero te encuentras solo. Sólo, sin alas. Sólo, sin nadie que te ayude a no caer al mar.

Quieres gritar pero sólo puedes en un silencio en tu interior en el que nadie te escucha. Quieres saltar de felicidad, pero sólo puedes saltar al abismo de las pesadillas donde todo está oscuro. Quieres bailar bajo la lluvia, pero sólo puedes caminar con la cabeza baja y llorando penas.
Quieres ser la voz de la calle, y no la silueta de la cortina. Quieres ser la huella de la vida, y no el silencio. Quieres ser el mañana del futuro, y no la noche del pasado.

Y ser la primera rosa de la primavera, y no la última rosa negra del invierno. Y ser la luz del sol, y no la sombra de la luna. Y ser la sonrisa de lo extrovertido, y no la timidez de lo triste.

Miedo. Sientes miedo hacia los demás. Miedo por el rechazo. Miedo por la vergüenza de nada, y miedo por decirlo todo.

Cada terremoto era comparable a lo que vivía en mi roto silencio. Cada espejo roto era un reflejo de mi vida. Cada día era un paso más hacia mi soledad.

Y si no sé volar, ¿por qué me dicen que extienda mis alas? Y si no sé nadar, ¿por qué dicen que nado en mis penas? Y si no sé escuchar, ¿por qué dicen que escucho mi silencio?

No sé . Pero el no saber, ¿es una piedra más del camino o sólo un hecho que te atormenta día a día?

Tiempo. El tiempo es lo que mata esta vida, lo que rompe las esquinas, lo que corta los diamantes. Es lo que rompe recuerdos. Es lo que no sabe hablar, pero sí escuchar. Es lo que sólo sabe hacer una cosa. Es lo que da alegrías, y poco después penas.
Tiempo y miedo son dos cosas que rompen vidas, y que no dejan volar al más ágil de la bandada. Son dos pesadillas. Son dos aspectos a los que nosotros siempre tememos.
Dicen que los humanos podemos controlar todo, pero, ¿ podemos controlar algo que no podemos ver?

El miedo es el lado oscuro de la realidad, y el tiempo es el amigo de lo indeseable. El miedo y el tiempo están reflejados en el espejo donde sólo se refleja la oscuridad de la vida.

viernes, 28 de mayo de 2010

Secretos


Aquí estoy yo, subida donde yo lo veo todo y nadie me ve. Donde solo puedo mirar al horizonte y pensar en todo lo que me perdí, en todo lo que me pierdo y en todo lo que me perderé.

Los tonos rosáceos del mar reflejaban mis pensamientos amorosos. Las decepciones de amor no son muertes en agua: rápidas y sin sufrimiento. Son cuchillos que lentamente se clavan en el cuerpo.

El cuaderno en el que dibujaba la suave brisa del mar era el pentagrama de la melodía de la pintura.

Los pensamientos inundaban mi cabeza.
Siempre había estado huyendo del pasado. Nunca había disfrutado el presente. Nunca quise que llegara el futuro.
Las rosas de mi corazón se marchitaban lentamente. La luna de mi firmamento se tapaba cada noche. Los rayos del sol no salían por entre las nubes del dolor.

Yo no sonreía. Me limitaba a mirar los ojos del mar y observar su brillo.

Cada paso mal dado. Cada caída de la vida. Cada lágrima que cae por tu rostro avergonzado es una simple lección más que te hará aprender. Pero ¿cómo esquivarlo si no lo vemos venir?

Simplemente, debemos levantarnos y continuar. ¿Cuántas veces me habré caído? Y de esas ¿cuántas me habré levantado? Y ¿cuántos me habrán ayudado?

Nadie ayuda, solo fingen y apartan las miradas esperando que el tiempo pase. Esperando que el reloj valga más que sus vidas y que sus vidas acaben como las de los demás.

Tomé mi lápiz y dibujando, ligeramente el mar, pensé en todo. En todo por lo que había pasado. En el pasado en el que nunca me había parado. En la parada del tren en la que no dije adiós. En el adiós que me faltó y que siempre me faltará.

Todo giraba en torno a una nada de la que nada saldría.

El brillo de mis ojos cada vez era más intenso, como si tuviera ganas de llorar. Y pronto, las cascadas de dolor caían por mi faz mientras sollozos salían de mi boca.

La sinceridad de mis sentimientos era tan clara como el agua de aquel mar de pensamientos. Como aquel diario acuático que guardaba mis secretos más profundos en un cofre perdido en el fondo del mar.

El dibujo quedó a medias pero todo lo que sentía no tenía que dibujarlo, sólo contarlo a mi fiel tesorero.

jueves, 27 de mayo de 2010

Te echo de menos


Era mi primer año en campamentos. Yo estaba muy nerviosa, aunque mi edad no me permitía estar así. Era de las mayores del campamento. Los nervios me traicionaban de tal manera que me erosionaban la base de mi cuerpo.

Cuando ya todas las instalaciones nos habían sido mostradas, nuestros padres se marcharon, y nosotros nos quedamos solos en aquella jungla estival de la que tendríamos que sobrevivir. Ninguno nos conocíamos. Lo único que sabíamos es que teníamos quince largos días para conocernos. Yo me mezclé con unas chicas menores que yo.

Cayó el atardecer. El atardecer que significaba que era la primera tarde que pasaría allí. El atardecer que significaba que tendría que convivir con aquellas personas de la misma edad que yo.

Me aislé en una esquina apartada mientras mis amigas disfrutaban de sus llamadas telefónicas a sus padres y familiares. Allí, pensé en todo lo que había dejado atrás, en todas las huellas que mis pies habían trazado en el camino de mi vida. Estaba siendo demasiado melodramática. Era un campamento.

En otra esquina, un niño. Me acerqué. Me acerqué a conocerle. Me acerqué porque no podía soportar el hecho de ver a un niño solo.

Una simple pregunta: “Hola, ¿qué te ocurre?”

Él me miró. Su mirada rojiza demostraba que anteriormente fuertes lloros le habían destrozado el rostro. Sus lágrimas de ángeles caían por la cascada de su faz. Se quedaba la marca del río lacrimógeno que nacía desde sus morenos ojos y desembocaba en sus carnosos labios.

Él no contestó. El miedo se reflejó en su moreno rostro. Cogió el teléfono. Su mano estaba temblorosa. Apenas respiraba. Apenas encontraba las palabras para hablar. Apenas pensaba. Sólo sentía soledad. Sólo recordaba todo lo que había dejado atrás. Sólo escuchaba el sonido de sus fuertes sollozos.

“Mamá, no puedo estar aquí” “Te echo de menos”

Te echo de menos. Eran palabras que me dolieron hasta en el alma. Su tono de voz era suave. Su tono de voz sonaba apenado. Su tono de voz era como las gotas de agua que penetraban por un pequeño rayo de esperanza y formaba el arco iris de recuerdos.

Yo me sentía mal. Sus húmedas palabras eran cuchillos que se clavaban en mi cuerpo. Cada sollozo eran mil cuchillos que me atravesaban el alma. Cada sollozo eran mil muertes que me aturdían el corazón. Cada sollozo eran mil corazones rotos que se instalaban en mi cerebro y no me dejaban pensar.

Él sería el niño al que yo siempre echaría de menos. Echaría de menos sus ojos. Echaría de menos sus lágrimas. Echaría de menos sus palabras de cada noche. Pero sobre todo echaría de menos aquellas palabras: “Te echo de menos”.

Rosas

Aún me recuerdo la primera vez que me regalaste rosas. Aún recuerdo el primer 14 de febrero que pasé contigo. Aún recuerdo las primeras lágrimas que derramé por ti.

Pero todo fueron recuerdos que se llevó el viento con los pétalos de las rosas que me regalaste.

Ahora es a ella a la que le regalas esas primeras rosas, esos primeros recuerdos, esos primeros besos en el Boulevard.

Ahora yo paseo sola en las lluviosas tardes sin más compañía que la luz de la alta farola
de la calle Central.

Ahora esas rosas son besos para ella, y lágrimas para mí. Ahora esas rosas son sueños para ella, y pesadillas para mí. Ahora esas rosas son deseos para ella, y desesperaciones para mí.

Los pétalos de aquellas rosas son corrientes marinas que se lleva el mar del norte. Los pétalos de aquellas rosas son corrientes de aire que se lleva la brisa de la montaña. Los pétalos de aquellas rosas son gotas de agua que se lleva el agua.

Esos pétalos llegan hasta la última frontera, donde me dijiste que me llevarías. Esos pétalos llegan hasta la estrella más alejada de todas, la que dijiste que me darías. Esos pétalos llegan hasta el fin del mundo, donde me dijiste que me llevarías.

Ahora es a mí a la que toca recoger los pedazos que quedaron de mi destrozado corazón rojo. Rojo como los pétalos de aquellas rosas. Rojo como tus labios. Rojo como los lazos de los primeros regalos que me diste.

Ahora yo recojo los sonidos de vuestras discusiones, y el olor de vuestros besos.

Ya tu materialismo no me importa, pero siempre estará en mí el deseo de volver a tocar esas rosas como hacía antes. De apreciar esas mil rosas. De oler esas mil rosas. De llorar por esas mil rosas.

Me concedes este baile


Yo ya llevaba trece días detrás de él. Era tan guapo. No era la primera canción que me cantaba a la orilla de nuestra playa. No era la primera rosa que me regalaba. Pero tal vez iba a ser el primer beso que me daba.

Aquella tarde me invitó a aquel baile. Era el primer baile al que iba. Nunca había ido a uno, aunque siempre lo había querido.

Mis amigas me habían dedicado toda su tarde a dejarme elegante. Mucho maquillaje. Muchos vestidos probados. Muchos nervios en mi cuerpo.
Sentía como si estuviera al borde de la muerte. Un paso en falso y caería al vacío sin remisión.

El baile ya había empezado, pero nosotras aún continuábamos en mi frío cuarto.
Fuimos ya a la sala del hotel en la que se celebraba el baile. Ellas entraron antes que yo y cerraron la puerta. Ya acomodadas entré yo.

Todo a media luz. Todo decorado. Todo brillante.
Como única iluminación la bola de discoteca del alto techo.
Mi blanco vestido azulado con brillantes deslumbraba toda la pista.

Él me esperaba en el centro de la pista. Sus amigos se encargaban de la música. Sus amigos se encargaban de su ropa. Sus amigos se encargaban de que aquel baile fuera perfecto. Simple y sencillamente perfecto.

Caminando cinco pasos, él me miró y su sonrisa infantil se reflejó en el rostro. Un brillo especial aparecía en sus ojos esmeraldas. Sus grandes y preciosos ojos esmeraldas.

Lo primero que me dijo fue: “¿Me concedes este baile?”
Me concedes este baile. ¡Qué palabras tan mágicas!

Me tomó la mano y comenzamos con un baile muy lento. Sólo teníamos ojos el uno para el otro. No podíamos hacer otra cosa que observarnos fijamente sin separarnos.

Yo tenía miedo a pisarle con mis sandalias.

Él me soltó una mano y me acarició mi pelo perfectamente peinado. Lentamente se acercó a mi oído y me susurró: “Te quiero”

Seguimos bailando hasta que nos quedamos solos.
La canción se iba acabando. Yo sentía mi corazón que latía a cuatrocientas pulsaciones por minuto pero no me importaba porque por fin estaba junto a él en un momento mágico.

Nuestros cuerpos se fundieron en un abrazo, y posteriormente le besé en la mejilla. Me miró y un brillo de satisfacción y felicidad apareció de nuevo en su rostro. Él sonrió como nunca antes lo había hecho.

Me dio la mano de nuevo, y dándome una vuelta dejamos atrás aquella sala mágica.

Nunca olvidaré lo primero que me dijo: “¿Me concedes este baile?”

La soledad no es un destino

Llegaba yo de mi sesión laboral, e introduciendo la llave de latón por la cerradura de cobre abrí la puerta del portal de mi morada.

Subí las treinta y tres escaleras que me separaban de la puerta de entrada de mi apartamento.

Dejando la mochila sobre la alfombra roída por los ratones, me adentré en mi lúgubre hogar. Las persianas estaban entre bajadas. El grifo goteaba. Y las bisagras de las puertas estaban oxidadas.

Yendo a la cocina, tomé la mitad de un bocadillo de queso que había dejado la noche anterior a medias. Cogí la cafetera y sirviéndome un café, entré en mi cuarto.

Yo estaba tan sola. Nadie vivía conmigo. Ni siquiera un gato que me acompañara en los momentos más difíciles que te empujan al suicidio. Ni siquiera un mendigo mudo que solo escuchara mis penas y quejidos.

Me senté sobre la vieja silla de madera a pensar mientras reflexionaba en lo que me quedaría de vida, y si aquel era mi destino: estar sola y sin nadie que me consuele.

Mientras bebía el templado café en la rota taza, tomé mi guitarra que estaba en la fría esquina.

La saqué de la bolsa de cuadros rojos y verdes, y la tomé. Estaba llena de polvo. Hacía mucho tiempo que no la tocaba.
De repente, la inspiración me vino a la cabeza, y tomando un lápiz y un papel de partitura, la canción me llegó.
Comencé a tocar y a escribir. Me sentí de tal manera que me di cuenta que mi destino no era estar sola. Mi guitarra estaría conmigo siempre.

Después de aquella tarde, salí de casa feliz, y todo fue rodado.

Tuve muchos amigos, y alguno más especial que otros, en el trabajo ascendía de mi posición rápidamente. Todo mi mundo se volvió más feliz por el simple hecho de que yo estaba feliz.

Está claro, que la soledad no es un destino, a menos que estés triste, y sea eso lo que tú subconsciente desea.

Carrousel

¡Cuántos recuerdos tengo yo! ¡Cuántas tardes habré pasado allí! ¡Cuántas veces habré gritado para que mi madre me mirara!

Todo eso ahora se había convertido en polvo. Polvo que el viento se llevó con la caída de aquella capa que indicaba su cierre.

El momento del cierre me hirió el alma. El momento del cierre me rompió todos los sueños que pequeña tenía de que uno de sus caballos me llevara a la luna.

¡Cuántos recuerdos tengo yo de sus luces tricolores! ¡Cuántas monedas me habré gastado en sus viajes imaginarios a la luna! ¡Cuántas vueltas habré dado sin marearme en ninguna!

Todo eso ahora se había convertido en lágrimas. Lágrimas que el agua se llevaría con la primera tormenta de verano.

El verano del 23. El verano de su apertura que monté allí durante toda la calurosa tarde.

Aquellos caballos del carrusel de oro. Aquellas vueltas en el carrusel de oro. Aquellas luces del carrusel de oro. Aquellos recuerdos dorados de mi infancia en el carrusel dorado.

Y ahora, aquí estoy, recordando los mejores momentos de mi vida. Los mejores momentos de la vida de los carruseles.

Francamente, me sentía como un niño sin su madre, como un pájaro sin nido, como una gota sin su mar.

Mar de recuerdos brillantes que acababan de morir hoy mismo.

Pero toda mi tristeza cambió cuando vi aquel brillo de uno de los laterales de aquella chatarra.
La capa polvorienta se levantó suavemente.
Abierto de nuevo. Mi gota ya había encontrado de nuevo su mar.

Y a mi avanzada edad de 88 años me subí allí, al coche de los sueños, al coche de mi infancia, al cocho que me conduciría a las estrellas.

Aún recordaba lo que sentí de pequeña, exactamente lo mismo que estaba viviendo ese mismo momento.
Aún recordaba lo que gritaba de pequeña, exactamente lo mismo que estaba gritando en ese mismo momento.

Creí que nunca me volvería a montar en el coche de mis sueños.

Camarera, dos cortados

15 de Abril de 1945

Querido diario:

No sé por donde empezar. Tal vez por sus fríos y oscuros ojos que te penetraban en la mirada igual que la luz del sol en una mañana de verano. O tal vez por su blanca piel que hacía sacar esa sonrisa de la que nunca te acuerdas, esa sonrisa infantil. O quizá de su suave y rubia melena que le deslizaba por su fina espalda, igual que el agua al caer por una cascada en el lugar más remoto de la tierra.

También debería mencionar el flequillo que tapaba su blanca frente igual que multitud de lianas cubren la profundidad de la selva.
Como podría olvidarme de sus sonrosados coloretes que le salían cuando se equivocaba.
Todo ello la hacía perfecta, pero lo que más perfecta la hacía era su voz.

La primera vez que entré allí. La primera vez que la pedí algo. La primera vez que, sobre todo la vi.
Ella llevaba un apropiado vestido verde botella que la resaltaba las curvas más perfectas de su buen torneado cuerpo.
Para mí ella era una sílfide.
Para mí ella era mi Julieta.
Para mí ella era como un sueño imposible de alcanzar.

Me acerqué a su lugar de trabajo. Ella estaba de espaldas y yo la dije: “Camarera, dos cortados”. Ella se giró. Yo me quedé maravillado de su belleza indescriptible. Y ella, con su habitual tono de voz me dijo:”Sí, señor, ahora mismo”.
Su voz sonaba tan melancólica que ni los mismísimos cantos gregorianos me harían sentir así.

Colocando un billete de cinco duros sobre la mesa, ella me dio las gracias de la manera que yo nunca había oído. Fue un simple “Gracias, señor, que tenga buena día”, pero fue distinto.

Tomando mis consumiciones, dejé aquel lugar al que acudiría cada tarde, y nuestras miradas se cruzaran, aunque ella no se diera ni cuenta.

Ya había ido allí durante todo un mes, pidiendo las mismas consumiciones y pidiéndole lo mismo día tras día: “Camarera, dos cortados”, a lo que su respuesta tampoco variaba con el paso de los días: “Sí, señor, ahora mismo”. Estaba dispuesto a preguntarle su lindo nombre, y todo lo que pudiera, pero la crueldad del destino me jugó una mala pasada.

La noche anterior un desgraciado accidente hizo que todo acabara. En apenas treinta segundos la muchacha se rindió al suelo, y todo por caída por las escaleras, y allí quedó. Cuando supe todo esto mi reacción no fue alegre, precisamente. Enfurecido subí hasta mi piso en la octava planta.

Llevó ya aquí cerca de dos días enteros intentando escribir esto, pero las palabras para describir esta trágica historia, y sobre todo, a aquella bella muchacha son imposibles de encontrar. Es algo simplemente indescriptible.

Años luz

Ya llevaba yo cerca de tres años dándole vueltas al asunto. Y, ¿por qué no? Tal vez podía. Puede que fuera mi destino estar allí.

Me apoyé en la cama, y me puse a cavilar. El cavile se volvía cada vez más intenso.

Desde que era muy pequeña siempre había soñado con este momento, pero sobre todo con el momento de poder subir allí de una vez. Yo siempre me había imaginado como sería el mundo allí fuera, oscuro, solitario, frío, pero precioso al mismo tiempo.

Tres días después, lo pensé detenidamente, y ¿por qué yo no podía? Si quería me podría hacer con ello.


Y después de nueve años de eternos madrugones y duros entrenamientos en la base, lo conseguí. Por fin iba a llegar allí arriba. Con los grandes. Iba a poder estar próxima al lugar más mirado por el mundo. El espacio exterior.

Ya llegué a la base, y con mi traje de astronauta, me dirigí al cohete.
Entrando por aquella puerta de metal, que marcaría mi vida por el resto de los tiempos, llegué al cohete. Al cohete que me llevaría a mis sueños más infantiles.

Ya llevábamos volando cerca de un minuto y yo miraba al suelo, y sólo podía ver puntos muy pequeños, las personas.
Continuamos con la expedición. Ahora, ya habíamos pasado la primera capa de la densa atmósfera, y yo sentía cada vez más nerviosismo. Me daba la sensación de que el cohete se iba a caer. Como la vagoneta de una mina y ésta se derrumba. Sentía miedo, pero felicidad. Era un cóctel de emociones que yo debería tomar en un vaso muy frío de valentía.

Ya salimos de aquella espesa capa de gases, que era como una densa selva toda llena de lianas.

Ya estaba allí, en el frío espacio lleno de míticas leyendas que ahora tendría que descubrir si eran verdad o no.

Todo era muy oscuro. Mientras miraba por la ventanilla al hogar que dejaba atrás, mis compañeros de cabina se sonreían, al verme tan emocionada. Era mi primera expedición. No sabía si volvería, así que tenía que ver lo que dejaba atrás.
Todos mis recuerdos se quedaban allí. Todos mis recuerdos.

En aquel momento ya sentí más confianza, y pensé que no pasaría nada. ¡Qué equivocada estaba!

En aquel momento, una alarma saltó, una luz roja se iluminó y todos mis compañeros estaban angustiados. Acabábamos de perder una parte de la nave al colisionar con un asteroide. La herida era bastante grave. Tanto que había atravesado la espesa capa de la que se formaba el cohete. Todos allí fuimos perdiendo el aire rápidamente. Pero antes pensé que esto no era el final. Mi cuerpo se quedaría flotando en el que, durante muchos años, había sido mi sueño, allí a años luz.

A la luz de la vela

Aún recuerdo aquellos momentos, en aquella fría silla del bar del final de la calle. Momentos que nunca olvidaré.

Hacía ya treinta y cinco años que no le veía. O al menos físicamente.
Desde el accidente todo fue distinto, o quizá no todo.

Cada tarde, ambos nos sentábamos en el mismo bar, en la misma esquina, en la misma mesa apartada de la pequeña puerta de metal.
Solíamos pasar allí interminables tardes lluviosas de octubre. Tardes que para mí no eran lluviosas, sino soleadas. Cuando caía la noche, él me acompañaba hasta mi casa, a dos manzanas de aquel mágico lugar.

Pasábamos cerca de tres horas hablando, con nuestros batidos de fresa fríos y húmedos, como sus labios. Yo, cada tarde, iba con un imponente vestido que resaltaba mi blanca sonrisa, y con las candelas encendidas, me decía:
- Estás preciosa a la luz de la vela.

A la luz de la vela.

Mientras mis pupilas se dilataban, una suave sonrisa aparecía de nuevo en mi rostro.

Pero, después del accidente, a la hora de acostarme, una voz, en mi interior, en mi cabeza, decía:
- A la luz de la vela.

Cada noche, yo podía sentir su voz, sentir sus azabaches ojos tocar mis oscuras pupilas, sentir sus pensamientos en mis pensamientos. Sentir su piel rozar con la mía, mientras un precioso escalofrío me recorría todos los espacios de mi cuerpo.

Cada noche, soñaba con su rostro, con sus manos, con sus labios juntándose con los míos.

La última tarde que compartimos, la última vez que pudimos besarnos, la última vez que pude ver aquel destello en sus ojos que le hacía parecer más especial de lo que ya lo era para mí. Las últimas palabras que salieron de sus fríos labios:
- Volveré. Estate segura de que volveré para ver esa sonrisa, esos ojos, y sobre todo, ese maravilloso rostro alumbrado por la luz de la vela.

Jamás olvidaría esas palabras. Jamás.


Y ahora, y durante los últimos treinta y cinco años, he estado allí, esperándole, esperando a que él volviera. Y seguiré estando en aquella mesa apartada, en aquella esquina, en aquel bar del final de la calle, donde yo aguardaría su llegada.
Puede que haya quien me llame loca. Puede que haya quien me llame cándida, ingenua, pero yo, yo no lo veo así. Él me prometió que volvería y nunca, nunca, rompía sus promesas.

Yo le esperaré, cueste, lo que cueste, tarde lo que tarde, pero siempre, siempre, le esperaré, y le esperaré, y le esperaré,…