
Aquí estoy yo, subida donde yo lo veo todo y nadie me ve. Donde solo puedo mirar al horizonte y pensar en todo lo que me perdí, en todo lo que me pierdo y en todo lo que me perderé.
Los tonos rosáceos del mar reflejaban mis pensamientos amorosos. Las decepciones de amor no son muertes en agua: rápidas y sin sufrimiento. Son cuchillos que lentamente se clavan en el cuerpo.
El cuaderno en el que dibujaba la suave brisa del mar era el pentagrama de la melodía de la pintura.
Los pensamientos inundaban mi cabeza.
Siempre había estado huyendo del pasado. Nunca había disfrutado el presente. Nunca quise que llegara el futuro.
Las rosas de mi corazón se marchitaban lentamente. La luna de mi firmamento se tapaba cada noche. Los rayos del sol no salían por entre las nubes del dolor.
Yo no sonreía. Me limitaba a mirar los ojos del mar y observar su brillo.
Cada paso mal dado. Cada caída de la vida. Cada lágrima que cae por tu rostro avergonzado es una simple lección más que te hará aprender. Pero ¿cómo esquivarlo si no lo vemos venir?
Simplemente, debemos levantarnos y continuar. ¿Cuántas veces me habré caído? Y de esas ¿cuántas me habré levantado? Y ¿cuántos me habrán ayudado?
Nadie ayuda, solo fingen y apartan las miradas esperando que el tiempo pase. Esperando que el reloj valga más que sus vidas y que sus vidas acaben como las de los demás.
Tomé mi lápiz y dibujando, ligeramente el mar, pensé en todo. En todo por lo que había pasado. En el pasado en el que nunca me había parado. En la parada del tren en la que no dije adiós. En el adiós que me faltó y que siempre me faltará.
Todo giraba en torno a una nada de la que nada saldría.
El brillo de mis ojos cada vez era más intenso, como si tuviera ganas de llorar. Y pronto, las cascadas de dolor caían por mi faz mientras sollozos salían de mi boca.
La sinceridad de mis sentimientos era tan clara como el agua de aquel mar de pensamientos. Como aquel diario acuático que guardaba mis secretos más profundos en un cofre perdido en el fondo del mar.
El dibujo quedó a medias pero todo lo que sentía no tenía que dibujarlo, sólo contarlo a mi fiel tesorero.
Los tonos rosáceos del mar reflejaban mis pensamientos amorosos. Las decepciones de amor no son muertes en agua: rápidas y sin sufrimiento. Son cuchillos que lentamente se clavan en el cuerpo.
El cuaderno en el que dibujaba la suave brisa del mar era el pentagrama de la melodía de la pintura.
Los pensamientos inundaban mi cabeza.
Siempre había estado huyendo del pasado. Nunca había disfrutado el presente. Nunca quise que llegara el futuro.
Las rosas de mi corazón se marchitaban lentamente. La luna de mi firmamento se tapaba cada noche. Los rayos del sol no salían por entre las nubes del dolor.
Yo no sonreía. Me limitaba a mirar los ojos del mar y observar su brillo.
Cada paso mal dado. Cada caída de la vida. Cada lágrima que cae por tu rostro avergonzado es una simple lección más que te hará aprender. Pero ¿cómo esquivarlo si no lo vemos venir?
Simplemente, debemos levantarnos y continuar. ¿Cuántas veces me habré caído? Y de esas ¿cuántas me habré levantado? Y ¿cuántos me habrán ayudado?
Nadie ayuda, solo fingen y apartan las miradas esperando que el tiempo pase. Esperando que el reloj valga más que sus vidas y que sus vidas acaben como las de los demás.
Tomé mi lápiz y dibujando, ligeramente el mar, pensé en todo. En todo por lo que había pasado. En el pasado en el que nunca me había parado. En la parada del tren en la que no dije adiós. En el adiós que me faltó y que siempre me faltará.
Todo giraba en torno a una nada de la que nada saldría.
El brillo de mis ojos cada vez era más intenso, como si tuviera ganas de llorar. Y pronto, las cascadas de dolor caían por mi faz mientras sollozos salían de mi boca.
La sinceridad de mis sentimientos era tan clara como el agua de aquel mar de pensamientos. Como aquel diario acuático que guardaba mis secretos más profundos en un cofre perdido en el fondo del mar.
El dibujo quedó a medias pero todo lo que sentía no tenía que dibujarlo, sólo contarlo a mi fiel tesorero.


