
Era mi primer año en campamentos. Yo estaba muy nerviosa, aunque mi edad no me permitía estar así. Era de las mayores del campamento. Los nervios me traicionaban de tal manera que me erosionaban la base de mi cuerpo.
Cuando ya todas las instalaciones nos habían sido mostradas, nuestros padres se marcharon, y nosotros nos quedamos solos en aquella jungla estival de la que tendríamos que sobrevivir. Ninguno nos conocíamos. Lo único que sabíamos es que teníamos quince largos días para conocernos. Yo me mezclé con unas chicas menores que yo.
Cayó el atardecer. El atardecer que significaba que era la primera tarde que pasaría allí. El atardecer que significaba que tendría que convivir con aquellas personas de la misma edad que yo.
Me aislé en una esquina apartada mientras mis amigas disfrutaban de sus llamadas telefónicas a sus padres y familiares. Allí, pensé en todo lo que había dejado atrás, en todas las huellas que mis pies habían trazado en el camino de mi vida. Estaba siendo demasiado melodramática. Era un campamento.
En otra esquina, un niño. Me acerqué. Me acerqué a conocerle. Me acerqué porque no podía soportar el hecho de ver a un niño solo.
Una simple pregunta: “Hola, ¿qué te ocurre?”
Él me miró. Su mirada rojiza demostraba que anteriormente fuertes lloros le habían destrozado el rostro. Sus lágrimas de ángeles caían por la cascada de su faz. Se quedaba la marca del río lacrimógeno que nacía desde sus morenos ojos y desembocaba en sus carnosos labios.
Él no contestó. El miedo se reflejó en su moreno rostro. Cogió el teléfono. Su mano estaba temblorosa. Apenas respiraba. Apenas encontraba las palabras para hablar. Apenas pensaba. Sólo sentía soledad. Sólo recordaba todo lo que había dejado atrás. Sólo escuchaba el sonido de sus fuertes sollozos.
“Mamá, no puedo estar aquí” “Te echo de menos”
Te echo de menos. Eran palabras que me dolieron hasta en el alma. Su tono de voz era suave. Su tono de voz sonaba apenado. Su tono de voz era como las gotas de agua que penetraban por un pequeño rayo de esperanza y formaba el arco iris de recuerdos.
Yo me sentía mal. Sus húmedas palabras eran cuchillos que se clavaban en mi cuerpo. Cada sollozo eran mil cuchillos que me atravesaban el alma. Cada sollozo eran mil muertes que me aturdían el corazón. Cada sollozo eran mil corazones rotos que se instalaban en mi cerebro y no me dejaban pensar.
Él sería el niño al que yo siempre echaría de menos. Echaría de menos sus ojos. Echaría de menos sus lágrimas. Echaría de menos sus palabras de cada noche. Pero sobre todo echaría de menos aquellas palabras: “Te echo de menos”.
Cuando ya todas las instalaciones nos habían sido mostradas, nuestros padres se marcharon, y nosotros nos quedamos solos en aquella jungla estival de la que tendríamos que sobrevivir. Ninguno nos conocíamos. Lo único que sabíamos es que teníamos quince largos días para conocernos. Yo me mezclé con unas chicas menores que yo.
Cayó el atardecer. El atardecer que significaba que era la primera tarde que pasaría allí. El atardecer que significaba que tendría que convivir con aquellas personas de la misma edad que yo.
Me aislé en una esquina apartada mientras mis amigas disfrutaban de sus llamadas telefónicas a sus padres y familiares. Allí, pensé en todo lo que había dejado atrás, en todas las huellas que mis pies habían trazado en el camino de mi vida. Estaba siendo demasiado melodramática. Era un campamento.
En otra esquina, un niño. Me acerqué. Me acerqué a conocerle. Me acerqué porque no podía soportar el hecho de ver a un niño solo.
Una simple pregunta: “Hola, ¿qué te ocurre?”
Él me miró. Su mirada rojiza demostraba que anteriormente fuertes lloros le habían destrozado el rostro. Sus lágrimas de ángeles caían por la cascada de su faz. Se quedaba la marca del río lacrimógeno que nacía desde sus morenos ojos y desembocaba en sus carnosos labios.
Él no contestó. El miedo se reflejó en su moreno rostro. Cogió el teléfono. Su mano estaba temblorosa. Apenas respiraba. Apenas encontraba las palabras para hablar. Apenas pensaba. Sólo sentía soledad. Sólo recordaba todo lo que había dejado atrás. Sólo escuchaba el sonido de sus fuertes sollozos.
“Mamá, no puedo estar aquí” “Te echo de menos”
Te echo de menos. Eran palabras que me dolieron hasta en el alma. Su tono de voz era suave. Su tono de voz sonaba apenado. Su tono de voz era como las gotas de agua que penetraban por un pequeño rayo de esperanza y formaba el arco iris de recuerdos.
Yo me sentía mal. Sus húmedas palabras eran cuchillos que se clavaban en mi cuerpo. Cada sollozo eran mil cuchillos que me atravesaban el alma. Cada sollozo eran mil muertes que me aturdían el corazón. Cada sollozo eran mil corazones rotos que se instalaban en mi cerebro y no me dejaban pensar.
Él sería el niño al que yo siempre echaría de menos. Echaría de menos sus ojos. Echaría de menos sus lágrimas. Echaría de menos sus palabras de cada noche. Pero sobre todo echaría de menos aquellas palabras: “Te echo de menos”.

Hola Raysha!!
ResponderEliminarSigue publicando tan excelentes relatos, que llegarás muy lejos.
Te quiere Elnya Blood!